Se levantó como si fuera una mañana cualquiera. Con sueño, como casi siempre. Era miércoles. Pero no un miércoles cualquiera. Sabía que era su día, ese día en el que hay que darlo todo. Sonrió. Sonrió como cuando se enamoró por primera vez, como cuando consiguió su primer empleo, una sonrisa nerviosa que sabía no se le iba a quitar en todo el día.

Salió de casa, miró al cielo y vió banderas y estandartes. No le gustaba, parecía Bilbao una semana antes. Llegó al trabajo. Vio que todos sus compañeros tenían la misma sonrisa que él, excepto el mismo de siempre.

Sabía por qué. Repaso la prensa al sentarse delante de su pc, todos hablaban de lo mismo, todos parecían optimistas hasta que abrió el As. Bien, pensó. Le gustaba saber que cuando él estaba alegre era en parte porque otros estaban jodidos. Quizá eso le hacía pequeño, inferior, tal y como le recordaba su madre años ha. Pero no le importaba, podía vivir con eso. Además, él creía que los sentimientos plenos siempre se comparan. Aunque muchos lo nieguen.

Estuvo todo el día sin pegar palo al agua, hablando por teléfono, contrastando opiniones, quedando para luego, preparándose para el momento.

Comió rápido y con un ojo en las noticias, esperando ver algo entre la cultura y el tiempo, pero lo que vio le cabreó. Nada nuevo. Salió de trabajar a las 6, aunque no se había ganado el sueldo ese día. Estaba nervioso. Tenía calor de julio aunque fuera 27 de mayo. Llegó el primero a la cita. Se pidió una Moritz y esperó. Poco a poco empezaron a llegar sus compañeros de batalla. Solo verse: – Avui què?-. Era la frase, todos la repetían. La respuesta obvia: – Ja veurem-.

pues eso. Volvemos el martes, día martes.

Como en los campos de fútbol se hace un minuto de silencio, aquí haremos un post de silencio que durará un minuto. Pido respeto.

Va por El Deu.