
Nos mandaron echarnos al agua cuando estábamos a punto de llegar a Fuerteventura. Estuvimos tan cerca de conseguirlo, que por unos breves instantes pensé que todo había terminado. Realmente terminó; terminó una etapa de mi vida y empezó otra, no sé si mejor o peor, pero otra. No pude ver si saltaba del barco junto a los demás, y cuando llegamos a la orilla él no estaba, sin embargo la policía nos esperaba.
Durante días estuve retenida en esa terminal de aeropuerto, sin apenas aire, ni luz, cosas que antes nunca me habían faltado y que nunca me había parado a valorar. Esperaba que él apareciese en cualquier momento, pero…. No sé cuánto tiempo fue, porque dejé de contar, pero habíamos dejado Dakar el primer día de Diciembre y Lamine nació el once de Enero en Fuerteventura.
Mi hijo es español y gracias a eso puedo quedarme aquí.
Ahora estoy segura de que mi Lamine no llegó a la playa, murió.
Ya de niña le seguía por todas partes. Por el día, mientras trabajaba en los campos de cacahuetes, correteaba a su alrededor. Por la noche nos sentábamos juntos a escuchar historias que contaban los viejos del poblado. Lamine sentía admiración por Mamadou, un viejo que había estado en un sitio llamado España, donde cada persona tenía su propio coche, nunca faltaba el trabajo, ni qué comer. Lamine le preguntaba cómo podría ir él a España y Mamadou le decía que en Dakar había quien te podía llevar por unos miles de francos. A mí todo eso me importaba un pedo de hipopótamo, pero a él se le ponía una luz especial en los ojos cuando lo escuchaba y comenzaba a decirme que algún día nos iríamos juntos a ese lugar.
El día de nuestra ceremonia nupcial fue el más feliz de mi vida.
Los tambores no dejaron de sonar. Los wolof lo acompañamos todo con tamborileo: nacimientos, bodas, combates de lucha, y hasta el trabajo en los campos. Las mujeres de mi tribu me cantaron, una por una, para desearme fertilidad y para darme consejos de cómo hacer feliz a mi esposo. Lamine me tomó en la choza de mi padre, mientras las danzas seguían sonando fuera. A veces, aún siento sus fuertes brazos rodeando mi cuerpo.
Tres años seguidos de sequía hicieron muy dura la situación de nuestro pueblo. Las cosechas de cacahuete y mijo se perdieron. Yo esperaba un bebe y los sueños de Lamine de abandonar el país se habían convertido en una obsesión. Estaba convencida de que Mamadou exageraba en todas sus historias, pero le hubiese seguido a cualquier parte.
Utilizamos mi dote y los ahorros de Lamine para viajar a Dakar e intentar contactar con quien nos pudiese llevar a España. Dakar es una ciudad grande y nosotros no conocíamos a nadie. Encontrar la forma de viajar de polizones a España no resultó fácil. Pasamos cuatro meses viviendo en la capital; Lamine encontró trabajo en los muelles. Yo me hubiese quedado allí, para siempre, con él, comiendo sardinas todos los días, pero España no se le quitaba de la cabeza. Por fin encontró el barco que nos llevaría, a un precio mucho mayor del que nos habían dicho.
Dejamos el puerto de Dakar un uno de Diciembre de 1999, aprovechando los alisios, en la bodega de un mercante que transportaba aceite de cacahuete a Gran Bretaña. Éramos casi cien personas, entre hombres y mujeres: Sierra Leona, Gambia, Liberia, Costa de Marfil, eran los países que perdían a su gente, bien por la guerra o por el hambre. El viaje lo recuerdo como con cierta niebla. Tengo la sensación de haber pasado miedo, pero tal vez no sea miedo la palabra, quizás estaba simplemente augurando lo que iba a pasar. No pudimos llevarnos nada, ni un objeto personal, sólo lo puesto. Teníamos cacahuetes, pero dejé de comer porque no había mucha agua y la sed resultaba insoportable. El día y la noche eran iguales; la noche helaba la sangre, el día la hacía hervir. Apenas podíamos mover las piernas, sentados como estábamos unos sobre otros. Íbamos cerca de la costa, porque las gaviotas se oyeron durante todo el viaje.
Al noveno día un marinero bajó a decirnos en un mal francés que el viaje había terminado. Nos llevaron en una lancha neumática hasta una playa. Aquello era “El- Aaiun” en el Sahara Occidental, de donde salen todas las pateras hacia Fuerteventura y Lanzarote, llenas de marroquíes y subsaharianos como nosotros. Esperamos a que anocheciese y diez de los que habíamos venido en el barco salimos en una patera con nueve hombres más; uno de ellos era el patrón. Sólo otra mujer iba con nosotros. Aquellos nuevos hombres eran marroquíes. El patrón también. Hablaban un idioma extraño, supongo que árabe. El patrón no nos trató bien en ningún momento, pero tampoco se puede decir que nos tratase mal. Era como si no estuviésemos allí. Lamine le pidió un poco de agua para mí, pero él hizo como que no lo escuchaba. Tampoco hablábamos ya entre nosotros, estábamos al límite de fuerzas. Pasadas unas horas nos cruzamos con otra patera en la que sólo iba una persona. Volvía de llevar a más inmigrantes como nosotros. Los patrones estuvieron hablando un buen rato. Fumaban y se reían con voces muy fuertes. Después del encuentro, el nuestro, empezó a mirar a todos lados como un cocodrilo. Estaba amaneciendo cuando distinguimos algo en el horizonte. Nos hizo señas de que nos agachásemos, pero yo no pude, mi barriga me lo impedía. Al cabo de un rato, el peñón ya se veía claramente. Todos estábamos muy excitados y comenzamos a hablar entre nosotros. Supongo que las puntas de nuestros dedos estaban tocando lo que habíamos soñado tanto tiempo. El patrón se puso en pie, sacó una pistola y nos hizo gestos de que nos tirásemos al agua. Lamine se puso en pie también, alto como una jirafa que era, y se encaró al cocodrilo, pero le apuntó con la pistola a la cabeza. Los demás hombres ya habían empezado a lanzarse al agua. Lamine me dijo en wolof que saltase, que me alcanzaría, que todo iba a salir bien. Aidara, la otra mujer que viajaba con nosotros, me agarró de la mano y me ayudó a colocarme para poder echarme al agua. Tenía las piernas tan entumecidas y tanto frío que no era capaz ni de ponerme en pie. Lamine y el patrón seguían allí pero yo ya no les veía.
Aidara, y supongo que alguno de los hombres debieron hacer unos esfuerzos terribles para llevarme hasta la orilla. Nunca he conseguido que ella me lo cuente ni que me diga qué pasó con Lamine. Estuve inconsciente durante casi dos días, deshidratada y agotada. Cuando desperté me llevaron a esa nave del aeropuerto donde nos llevan a todos, hasta que encuentran la forma de devolvernos a nuestros países o nos conceden el permiso de trabajo. Un lugar de inmundicia donde no se metería ni a los animales de establo. El olor era tan nauseabundo que te abofeteaba en la cara nada más entrar, y el espacio tan escaso que la gente peleaba por poder estirar un poco más sus piernas. Mujeres y hombres estábamos separados por poco más que unos cartones. Aidara estaba allí esperándome, pero yo sólo quería ver a Lamine. Me contó que la policía estaba esperándonos en la playa, que tres de los hombres se habían ahogado cuando ya estaban casi en la orilla, y que no sabía qué había sido de Lamine; eso no lo creí. A mí me habían llevado los chicos de Cruz Roja al hospital. Le busqué desesperada, le supliqué a ella que me contase, luego me volví loca. Gritaba día y noche su nombre. Aidara tuvo que pelear por mí con alguna de las otras mujeres, especialmente con las marroquíes. Ella no dejó un solo día de alimentarme y de asearme. Nos traían la comida que sobraba en los aviones tres veces al día, a distintas horas. Sólo había seis duchas para más de trescientas personas, pero ella me lavaba con sumo cuidado. Los chicos de Cruz Roja venían tres veces por semana a traernos ayuda y medicinas. Ellos fueron los que me sacaron de allí. Mi hijo había nacido unas horas antes de que ellos llegasen y las moscas hacían fiesta en los restos que había dejado el alumbramiento.
Salí de allí con un bebe llamado Lamine entre mis brazos. Que mi hijo hubiese nacido en España, me daba derecho automático a quedarme aquí.
La que salió de aquella nave no era la misma mujer que había dejado Senegal en un mercante, que había perdido a su hombre en el Atlántico, pero tampoco era la misma que había estado hacinada entre otros cientos de personas sin importarle nada. Mi hijo iba a tener la vida que su padre esperaba, en España.
Aidara me prestó dinero y me dijo que nos volveríamos a ver, que yo buscase un sitio para las dos, que ella me encontraría. Y así fue. Otro de sus bien guardados secretos es cómo consiguió salir del aeropuerto. Supongo que todo tiene un precio y ella es una mujer que gusta a los hombres blancos. Su piel no es tan oscura como la mía.
Aquellos primeros meses los pasamos haciendo trenzas a las turistas en El Puerto del Rosario. Dormíamos en los parques junto a otras subsaharauis, al menos así es como nos llamaban. Era fácil convencer a “las blancas” para que se sentasen con nosotras y cambiasen de peinado. Mientras trenzábamos su pelo hablábamos con ellas, y aprendimos cosas de España, entre otras, a hablar su idioma. Otras veces cantábamos canciones de nuestro pueblo. Lamine niño y la compañía de Aidara me hacían más fácil no pensar en mi Lamine.
Una mañana cuando íbamos al Puerto nos detuvo la guardia civil. Yo tenía papeles de mi hijo y míos, pero ella no, así que se la llevaron. Las otras mujeres me dijeron que tenía que ir a buscar a una abogada que había en la isla, que ella nos sacaría del lío.
Yaiza era una mujer blanca, muy joven. Me dijo que el nuestro era un caso sencillo, de todos los días. Me ayudó a sacar a Aidara del aeropuerto, donde la habían llevado otra vez. La condición era que teníamos que irnos a Madrid con un permiso de trabajo. La explicación fue que Fuerteventura era una isla muy pequeña para albergar a tantos como llegábamos.
El avión iba lleno de africanos. Nos llevaban a Madrid. Estábamos emocionadas, más por volar que por irnos de Fuerteventura. Una risa nerviosa me saltaba en la garganta continuamente. Luego alguien empezó a cantar y así dejamos las islas Canarias, entre cantos.
Ya llevamos dos años viviendo en Madrid. Vendemos ropa en los mercados, especialmente los domingos en el “Rastro”. Tenemos un piso en alquiler, con otras ocho mujeres africanas. Nos gustaría vivir las dos solas, pero el precio del alquiler es demasiado alto y es difícil encontrar quien alquile pisos a inmigrantes. También tenemos un coche, con el que vamos por los mercados. Este verano tenemos previsto subirnos al norte, a Santander, porque en verano Madrid se queda vacío y hace un calor insoportable.
Lamine tiene ya dos años. Cada día se parece más a su padre.
Me gustaría que él me viese y que se sintiese orgulloso de él y de mí, de haber conseguido para los dos aquello que tanto deseó.
Los negros, como decís vosotras, solemos reunirnos en el parque del Retiro a hablar entre nosotros, cantar…..como otros grupos de gentes que hemos venido de otros países; cada uno tiene su sitio allí en el parque. Los días de sol me tumbo sobre la hierba con el niño correteando a mí lado, cierro los ojos e imagino que estoy en Senegal, hasta los olores almizclados que me llegan son los de mi poblado. Cuando los abro y miro al cielo veo que el color no es igual, es menos azul. Aidara me dice que no debería hacer eso, tener nostalgia, que somos muy afortunadas por haber llegado habiéndose quedado tantos hermanos por el camino. No se lo digo, pero yo sé que algún día volveré. Volveré, y no seré como Mamadou, no les llenaré la cabeza con sueños.
Al abrirse la puerta del negocio del que era propietario tardó décimas de segundos en reconocer esa cara, Juanjo Moreno, el antiguo compañero de clase que entró con él en tercero de EGB y le había torturado hasta el momento en que sus caminos se separaron antes de llegar a COU. El mismo que le había ridiculizado miles de veces ante sus compañeros y que con los años había acabado casado con la chica que le había vuelto loco en su infancia.
Nuestro protagonista había tenido una infancia difícil, nunca le gustó jugar a fútbol ni a ninguno de los otros juegos que jugaban el resto de niños en el colegio, siempre había sido el solitario de la clase. Fue por eso que cuando su vecino, Juanjo, cambió de colegio y coincidió en clase con él, su madre decidió que era una buena idea invitarlo a casa para que jugaran juntos y así intentar establecer cierta complicidad entre los dos niños que ayudara a su integración.
Ese fue el día en el que se desencadenó su paso de la indiferencia al linchamiento público. Cuando Juanjo entró en la habitación y descubrió la casa de muñecas que tenía, empezó a mofarse de él.
Al día siguiente cuando llegó a clase ya se habían encargado de dejar un mensaje en la pizarra que hiciera público su secreto, fue ese el día en el que empezó a ser “el de la casa de muñecas”, el que no quería jugar con la pelota ni al resto de juegos al que jugaban todos, el raro que prefería jugar solo con juegos de niñas. El apodo con el que le bautizaron aquel día en el aula le acompañó como si de su apellido se tratara durante toda su infancia.

Si antes ya no contaba con demasiadas simpatías, a partir de ese momento ningún otro niño quiso acercarse a él para no ser tachado de marica por el resto del grupo. La soledad la llevó en silencio, sin atreverse a explicar a sus padres lo que le sucedía por miedo a que ellos le culparan a él de algo.
Con el paso de los años y al igual que el resto de chicos de la clase, empezó a interesarse por esos seres extraños que habían convivido con ellos y que habían ignorado durante años, centrando su interés en un especimen llamado Laura. La timidez y el hecho de que ninguna de ellas tuviera intención de acercarse al marginado de la clase provocaron que nunca se lanzara con ninguna de ellas y que lo que sentía por ella en especial lo conservara en secreto.
La chica que le había obsesionado empezó a salir con el que era el culpable directo de su marginación, con los años acabaría casada con él.
Un buen día se hartó de su situación y antes de acabar los tres años de instituto les dijo a sus padres que quería dejar de estudiar. En realidad no lo quería, lo que quería era salir de ese entorno en el que estaba, huir de tantos años de ser el apestado de la clase.
Empezó a trabajar joven y pronto alquiló un piso lejos de su barrio para intentar iniciar una nueva vida en la que nadie le comociera por su pasado. Seguía recibiendo noticias de sus compañeros por su madre, que pensaba que él las recibía con ilusión. Era una ciudad grande, pero en el barrio en el que vivía se conocían casi todos.
Con los años montó un negocio que le funcionó bien y que le permitió ir inviertiendo en otros locales. Económicamente no se podía quejar, pero siempre había arrastrado cierto rencor por años de sufrir humillaciones en silencio, sin poderse defender. Era uno de los propietarios de dos discotecas de moda y de uno de los burdeles de lujo de la ciudad.
Cuando lo vio que entraba en el burdel y que se acercaba a hablar con el encargado se quedó helado, sin saber reaccionar. Tras unos instantes de dudas se acercó a ellos y le dijo al encargado que no cobrara los servicios, luego miró a Juanjo y forzando una sonrisa de cordialidad le dijo:”Hola Juanjo, ¿va todo bien? Dale recuerdos a Laura de mi parte”. Se retiró sabiendo que por la cara de sorpresa le habían reconocido, que seguía siendo “el de la casa de muñecas”; pero que esta vez el que podía salir perdiendo no era él.
Rosa, nuestra amiga bajabarrancos de las tierras cántabras nos envía este relato para que lo disfrutéis ahora o en agosto. Vale la pena.
- ¿Cuándo te pegó por primera vez?
- La primera vez que pasó llevábamos casados unos dos meses. Era lunes y él llegó a casa con cara de haber tenido un mal día. Yo había hecho la cena, nada especial, ensalada y tortilla. Se sentó a la mesa, se quedó mirando el plato y de repente lo estrelló contra el fregadero – ¿qué mierda de cena es ésta?- vino hasta mí, me agarro el pelo y me levantó de la silla – prepara ahora mismo algo que se pueda comer, si es que eres capaz, o la vamos a tener muy gorda-. Nunca lo había visto así.
- ¿…………..?
- Apenas nos conocíamos, ¡todo había sido tan rápido! Por supuesto que no me lo esperaba; no hacía más que pensar en lo imprudente que había sido al casarme con un hombre del que apenas sabía nada.
- ¿………….?
- Me avergüenza contarlo. Fue una cita a ciegas. Yo tenía treinta y ocho años. Solía salir con mis compañeras del hospital. Íbamos a los ligódromos oficiales de Santander, pero ¡qué ironía!, siempre desconfiaba de los chicos que se me acercaban. Sospechaba que si estaban allí intentando pillar tenían que tener algún problema. Puse un anuncio en el periódico “Chica soltera, 38 años, rellenita pero simpática y agradable, busca chico para amistad o lo que pueda surgir”. Sólo llamó él. Las gordas no solemos tener mucho éxito.
- ¿……….?
- Nunca sospeché nada. Era encantador conmigo. Me llevaba al cine, a cenar, a bailar…. yo no me lo podía creer, había encontrado al tío ideal. Cincuenta años tampoco eran tantos. Cuando a los tres meses me propuso que nos casásemos no lo dudé ni un segundo, dije que sí en ese mismo instante. Preparamos la boda rápidamente. Él invitó a cuatro personas, amigos creo, me dijo que no tenía hermanos, que sus padres habían muerto y que no tenía roce con la familia. En aquel momento no me pareció tan raro. Yo invité suficiente gente por los dos: toda mi familia, medio hospital, compañeras hasta del colegio… Todos pensaban que me iba a quedar soltera y era mi ocasión para demostrarles que yo también me merecía embutirme en mi traje de novia y hacer un bodorrio espectacular. Disfruté como una niña; fui reina por un día.
- ¿………….?
- De su trabajo sólo sabía que conducía un camión. Trabajaba para una empresa de transportes que tenía camiones cisterna y llevaba leche de un sitio para otro. Nunca supe nada más. Ni siquiera sé donde vivía mientras fuimos novios, ni su número de teléfono; él llamaba siempre. Cuando nos casamos nos fuimos a vivir a un adosado que yo había comprado a las afueras de Santander.
- ¿…………?
- ¿Después de aquella primera paliza? No, aún no comenzó a pegarme a diario. Al día siguiente él actuó como si no hubiese pasado nada y yo hice lo mismo. Por supuesto algo había cambiado, pero parecía que no se debía hablar de ello. Las palizas diarias comenzaron cuando lo despidieron. Yo llegaba del hospital a las tres y él me esperaba con la comida hecha, como una muestra de su arrepentimiento. Me daba un beso, el beso de Judas, que yo intentaba rechazar con todas las células de mi cuerpo, pero estas células nunca me hacían caso porque debía de haber por ahí alguna célula idiota que me hacía poner buena cara. Me decía lo que yo había oído tantas veces en las películas –te prometo que no va a volver a pasar; no sé qué me ocurrió ayer-. Que me quería y que no quería perderme. Esas frases tan tópicas que yo quería creer con todas mis fuerzas. A eso de las cinco él se marchaba y cuando volvía oliendo a alcohol y con esa mirada de loco empezaba otra función.
- ¿………….?
- Por supuesto que las otras enfermeras se daban cuenta de que algo pasaba. No porque tuviese moratones, que siempre trataba de disimular, ni por mis indisimulables ojeras, ni tan siquiera porque cada día estaba más gorda y más descuidada, sino porque me había cambiado el carácter, se me había agotado la alegría. Cuando me preguntaban les decía que estaba muy deprimida porque no conseguía quedarme embarazada. ¡Vaya excusa! ¡Con lo que tenía encima! Y aunque no te lo creas en algún momento pensé que ésa podría ser la solución para que Diego se tranquilizase. Cuando volvía a la realidad me daba cuenta de que al que más pegaría sería al niño.
- ¿……………..?
- Sí claro, mi familia también se daba cuenta. Las madres son muy listas y la mía me conoce exactamente como eso, como que me ha parido. Fue a la única que no se lo pude ocultar. Desde el primer momento me dijo que lo dejase, que me quedase a vivir con ellos, pero era mi problema, no quería meter a mis pobres padres en un asunto de aporreamientos de puerta, llamadas inútiles a la guardia civil, denuncias, juicios….el problema era mío y sólo mío. ¿Conoces los símbolos con los que se diferencian el sexo masculino y el femenino? El hombre es un círculo con una flecha encima, la mujer es un círculo con una cruz debajo. No sé quien lo inventaría, pero esa simbología para mí es la vida misma. Yo llevaba una cruz atada a mis pies y cada día pesaba un poco más.
- ¿………….?
- No, nunca lo denuncié. Ni tan siquiera cuando me tiró la sopa ardiendo a la cara o cuando me rompió la clavícula. Puse excusas tontas que nadie se creyó, pero no tenía valor para denunciarlo porque ya se ocupaba él de recordarme que si lo hacía o si lo dejaba, me mataba.
- ¿……………?
- Sí, me cogía dinero del monedero. Al principio mil duros de vez en cuando, lo que necesitaba para sus vicios. Después las cantidades fueron subiendo. Algún mes tuve que pedirle a mi madre dinero para pagar la letra de la casa. Pero la verdad es que eso era lo que menos me importaba. Le hubiese puesto un piso en la Castellana con tal de que me dejase vivir en paz.
- ¿……………?
- Una de las tantas veces que intenté que cambiara decidí salir con él. Fuimos a los bares que solía frecuentar y allí se encontró con un conocido. Cuando ya iban bastante bebidos me pidieron que los llevase a cenar a un pueblo, a unos veinte kilómetros. Me llevaron a un club de alterne que había en la carretera. A mí no me dejaron entrar y Diego me quitó las llaves del coche y de casa. Estuve seis horas esperando fuera de aquel antro sin poder meterme en mi coche.
- ¿…………..?
- ¡Defenderme! Ni se me pasó por la cabeza, aquí donde me ves con mi casi metro ochenta y mis ciento quince kilos. Él no era mucho más alto que yo, pero era tal el miedo que me daban sus amenazas que nunca se me ocurrió ni tan siquiera apartarle la mano. Además no eran sólo las agresiones, porque también formaba parte del juego la guerra psicológica – gorda, inútil, fea, no vales ni para prepararle a un hombre un buen cocido -. Su obsesión por la comida era tal que pensé que casarse con una gorda era parte de su maquiavélico plan; una gorda que le preparase mucha comida y que a la vez amortiguase bien los golpes. Pero el muy hijo de puta no engordó ni un gramo a pesar de que comía mucho más que yo.
- ¿………….?
- Después de un año de ser una muerta en vida la idea vino a mí de una forma simple. Diego tenía un lumbago muy fuerte. Había encontrado un trabajo temporal descargando cajas de pesca en el puerto y le había dado. Tenía que ponerle unas inyecciones durante quince días. Aquella mañana mientras le ponía una intramuscular a un seropositivo la luz se hizo en mi cerebro. Guardé cuidadosamente la jeringa en el plástico del que la había sacado y me la metí al bolsillo. Así lo hice durante los quince días siguientes. A lo largo de la mañana guardaba una intramuscular de un paciente seropositivo, del que peor estuviese de todos los que había atendido aquel día, y cuando llegaba a casa con la misma aguja le ponía a Diego su inyección. Sabía que era una lotería, que podría no infectarse y que la solución era muy a largo plazo, pero nunca sospecharía de mí.
- ¿………..?
- Durante un mes no hice nada más; tampoco esperaba que pasase nada, simplemente pasaron los días hasta que ingresó Martín.
- ¿………….?
- No tenía ningún miedo de contagiarme. Nuestra vida sexual había terminado cuando empezaron los golpes. Nunca trató de forzarme y yo creo que eso hubiese sido lo único que no hubiese consentido. Lo habría matado antes.
- ¿…………..?
- Había ingresado en el hospital un paciente seropositivo y con hepatitis B, prácticamente terminal. Un chico estupendo, muy culto; le había cogido cariño y hablábamos mucho. Me contó que había tenido unos años muy locos. Se llamaba Martín. Cuando lo veía pensaba que no era justo que una persona tan buena sufriese tanto, habiendo otros desgraciados por ahí que lo merecían realmente. Así que seguí jugando a ser Dios. Aquella mañana llevé al hospital guisantes y merluza congelados en una de esas bolsas que compras en los supermercados para que no se te descongelen las compras por el camino; lo guardé en la nevera. A última hora le saqué a Martín ocho tubos de sangre -¿más pruebas?-, -sí, es por una buena causa-. Me los llevé a casa entre la merluza y los guisantes. Cuando Diego se marchó a la hora de siempre, empecé a preparar una lasaña de pescado: cocí las espinacas y la merluza, preparé una besamel y fui colocando en el molde capas de besamel, placas de pasta, espinacas y merluza, aderezado con el contenido de las cápsulas de media caja de lexatín. Queso rallado por encima y al horno a gratinar. Tiré un trocito por el retrete y me metí en la cama. Tenía la estrategia de irme a la cama antes de que él llegase para no provocar su ira, aunque no siempre daba resultado. Cuando llegó se comió el resto de lasaña acompañado de dos vasos de vino. Media hora después estaba tirado sobre la cama totalmente “grogi”. Le cogí una vía en el dorso de la mano izquierda y en ella introduje el cuarto de litro de sangre de Martín. Ni me tembló el pulso.
- ¿…………?
- Sí, al día siguiente me comentó que debía de tener gripe porque cuando llegué del trabajo él seguía en la cama. Eran los efectos del ansiolítico.
- ¿………….?
- ¿Después? Todos los días buscaba en su cara signos de enfermedad.
- ¿………….?
- Claro que seguía maltratándome. Siempre había algún motivo. La comida, la ropa, la amiga que me llamaba…, pero yo esperaba en silencio. Sabía que el día llegaría y que me desquitaría de todo lo que me había hecho pasar.
- ¿…………….?
- Unos seis meses después. Una neumonía. Fue a descargar con fiebre, se mojó y se puso fatal. Ingresó en el hospital y le hicieron un montón de pruebas porque después de un mes no había mejorado nada. Primero me lo dijeron a mí, saltándose las normas; al fin y al cabo yo era una colega. Me preguntaron si deseaba hacerme la prueba y por supuesto me la hice. Dio negativa.
- ¿…………..?
- Se lo dijo un médico; yo preferí que fuese así.
- ¿…………?
- Mejor de lo que yo pensaba. No se sorprendió mucho. Él pensaba que se lo habría contagiado alguna puta en sus tiempos de camionero. ¿No es gracioso?
- ¿………………?
- Como me explicaron, el sida era lo de menos, lo peor era la hepatitis que le estaba destruyendo el hígado y por eso no le pondrían ningún tratamiento, no lo soportaría. Estuvo ingresado dos meses y yo salí con un anciano del hospital. Nunca volvió a ponerme la mano encima.
- ¿………..?
- Fui su sierva los cuatro meses que vivió. Lo lavaba, lo vestía, le daba de comer a la boca…… Pedí una excedencia en el trabajo. No quise que nadie me ayudase, ni mi madre.
- ¿…………?
- Aunque no te lo creas yo era feliz. La sonrisa había vuelto a mi cara y aquel desgraciado no pudo hacerme nunca ni un reproche. Se murió un lunes por la mañana; su día favorito para atizarme. El sábado le había llevado al hospital porque ya estaba muy mal. La última noche tuvo unos dolores horribles, iguales que los del pobre Martín, no consiguieron quitárselos ni con morfina, y a las nueve de la mañana dejó de respirar. Fui a casa a coger ropa para vestirle y desde allí llamé a mi madre y a la funeraria. Pusimos esquela con foto en el periódico ¿te puedes creer que no vino ni un amigo, ni un familiar, nadie que no estuviese allí por mí?
- ¿……………….?
- Volví al trabajo en cuanto vacié la casa de sus cosas. Pinté, cambié las cortinas y las alfombras y los muebles de sitio. Volver al hospital fue una reafirmación de mí misma. Es agradable tratar con la gente. Además la cruz ya no pesaba tanto. Mis compañeras me daban la enhorabuena, no sé si por la vuelta al trabajo, por la viudedad o porque había adelgazado treinta y cinco kilos. La sonrisa no me ha vuelto a abandonar.
- ¿………….?
- Necesitaba un acta de defunción para un asunto de un seguro, pero no conseguía encontrar el libro de familia por ningún lado. Tengo una amiga que trabajaba en el juzgado hace un montón de años, la llamé y me dijo que ella lo arreglaría todo. Al día siguiente me llamó -¿no me habías dicho que Diego ya había estado casado?-. Así me enteré. Ella me ayudó a buscar el resto de la información.
- ¿…………?
- No tenía ni idea de que existieseis, nunca jamás me habló de vosotras, nunca me habló de nada de su vida privada. Al principio le preguntaba cosas de su vida, de su infancia, de sus estudios. Contestaba con evasivas o se enfadaba conmigo, así que dejé de preguntar. Al no ver a nadie en su entierro estuve segura de que había sido un mal bicho siempre.
- ¿…………..?
- Conseguimos tu partida de nacimiento. Allí estaba el nombre de tu pueblo. Fui a Molinos de Duero decidida a buscarte donde fuese. Conocí a tu madre, una mujer encantadora, y a algunos de tus hermanos y sobrinos. Ella me contó toda la historia y me enseñó las fotos de Raquel. Al principio desconfió un poco, pero al final me creyó y accedió a darme tu dirección.
- ¿………….?
- Me costó llamar. No sabía como empezar. Tú estabas enterrando tu pasado y yo removiendo las cenizas. Me inquietaba un poco tu reacción.
- ¿………..?
- Supongo que Lanzarote era un sitio tan bueno como cualquier otro para volver a empezar. Se la ve muy feliz, parece una auténtica isleña. Y ya tiene dieciséis años ¡qué barbaridad!
- ……….
- ¿Nunca le has hablado de su padre?
- ……….
- Es lo mejor.
- ………
- ¿Y has conseguido rehacer tu vida sentimental?
- …………
- A mí me ha quedado claro que no voy a volver a probar con una cita a ciegas. Ja, ja, ja…..
- ¿………….?
- La última noche, mientras agonizaba y yo le sujetaba la mano, acerqué la boca a su oído y se lo conté. Abrió un momento los ojos y me miró pero no creo que se enterase porque estaba muy drogado y no hizo nada más que yo pudiese interpretar como que me había entendido. Esperé demasiado para decírselo. Me hubiese gustado que lo supiera. ¡Ojalá se esté retorciendo en el infierno!
- ¿…………..?
- Supongo que no me guardas ningún tipo de rencor por haber apresurado la muerte del padre de tu hija.
- ………..
- Nada más lejos de mi intención que hacerte sentir mal. No quiero que me cuentes nada. No hace falta que recuerdes. A mí no necesitas contarme nada. También yo he estado allí ¿recuerdas? Tú y yo sabemos lo que es estar en la cárcel o enterrada en vida. Tú saliste peor parada que yo físicamente, la cojera no es algo que se pueda disimular, pero también eras más joven y más fuerte que yo para recuperarte y lo has hecho muy bien, al menos eso es lo que cuenta tu familia y no hay más que ver a Raquel para darse cuenta de ello.
- ………….
- Cuando venía para acá en el avión, no estaba segura de que te lo fuese a contar. Al fin y al cabo estuviste casada con él. En algún momento lo tuviste que querer, igual que yo. Pero al verte en el aeropuerto no tuve ninguna duda de que teníamos muchas cosas en común y que contártelo iba a ser un placer para las dos.
- …………
- No me he arrepentido en ningún momento, es más, volvería a hacerlo tantas veces como fuese necesario.
No os penséis que éste es un post autobiográfico, como bien sabe Ivich, no todo lo que se cuenta en un blog es cierto.
El otro día entraba yo toda loca en un bar para comprar tabaco, al pasar entre la barra y las mesas, noté algo raro en mi interior, y no era un pedo precisamente. Era una corazonada, todo el mundo sabe que las tías buenas tenemos esas cosas. Alguien me mira. Giré mi cabeza hacia detrás, rápidamente, para no dar tiempo a la reacción típica que tienen los tíos al ver que una tía como yo los mira. Cuatro chicos, de unos veinticinco años, me estaban mirando el culo. Siempre me he preguntado por qué me miran el culo, a lo que siempre he respondido: porque estoy buena joder.

Supongo que es algo habitual, pero esa vez no sé porque acabé de girarme del todo y les pregunté qué era lo que les gustaba de mí. Enseguida hubo uno que respondió, el gracioso de turno, tus ojos. Me crecí. Les comenté que como no fuera el ojo del culo, no lo entendía. Sólo me habían visto de espaldas hasta que me había girado y el reguetero de babas era ya inmenso cuando me giré. Cogí una silla, la giré, y me senté frente a uno de ellos. Dejé al gracioso de turno a parte, básicamente porque era el único de los chicos que antes de llegar a los treinta ya presentaba signos claros de calvicie.

Me puse a hablar con ellos de mis medidas, y de los problemas que tenía por satisfacer mi clara necesidad de cariño. Ninguno de ellos me entendió, les di un beso a cada uno al despedirme, menos al calvito (¿por quién me tomas?). Al levantarme oí al calvo diciéndole a los demás, vaya puta. A lo que ya no respondí, simplemente me fui con una sonrisa de oreja a oreja.
Moraleja: Los tíos somos cojonudos.
Es tarde, tengo sueño, me toca escribir el post de mañana (hoy) y me da un palo…
La idea de escribir un blog fue de casualidad, teníamos el dominio y sin pensar empezamos. Éramos tres, ahora 2 y un cuarto, podíamos escribir un post cada día, menos de dos a la semana, ¿fácil verdad?
Pues no lo es. A veces no sabes de qué escribir, o simplemente, aunque sepas de qué, prefieres estirarte en el sofá y ver la tele, o irte a la cama, o … Paso una época de palabras flacas.
El compromiso es importante, dejar cosas a medias es mi especialidad y lo he hecho demasiadas veces en mi vida. Pero esta vez no, aunque tenga que escribir algo personal, cada día, mientras seamos un equipo, voy a seguir. Por mí. Y por aquél que escribe conmigo el blog.
Gracias por obligarme entre todos a hacerlo. Mañana Más.

De momento me conformaré con la última, las otras ya veré.
Por cierto el chiste este es una mierda. No os vayáis a pensar que me gusta, lo he puesto porque tengo sueño y quiero acostarme. Además salía en la primera página de búsqueda de imágenes de google al buscar la palabra…¿Lo sabéis?
A raíz de un post anterior que trataba sobre el fariseísmo de los laboratorios farmaceúticos, le pedimos a nuestro escritor favorito, casicampeón, que nos escribiera un cuento de los que él suele realizar.
El discurso había transcurrido con normalidad, no había sido digno de ovaciones pero estuvo correcto, como todo lo que él hacía. Ahora desde la cama del Pabellón Clínico del Neurosiquiátrico en el que se encuentra, lo repasa mentalmente una y otra vez, hasta el hartazgo, desde el “señoras y señores”, mirando, como aconsejan los modos de la retórica más tradicional, primero a diestra y después a siniestra para volver a dirigirse al frente con las manos visibles y el mentón ligeramente por encima de la nuez de adán, hasta el momento del fatídico error, era un discurso amable, sin filtraciones ni eufemismos problemáticos, ninguna alteración, ni silencios dubitativos.
El repaso llega hasta el momento de la denuncia, y ahí se quiebra, una y otra vez, no logra saber que pasó cuando perdió los papeles, cuando le ganó el nerviosismo de una simple confesión, entra en pánico y comienza a tirarse de los pelos a sacudir las piernas nerviosamente y a sollozar hasta que entra el enfermero y le proporciona el calmante, intravenoso, espera 30 o 40 segundos y lo duerme acariciándole el cabello.
El cariño que no despertó sospechas, pero que tampoco es nada habitual, del enfermero para con el enfermo tiene una explicación que sólo Juan Ramón Gutiérrez conoce, proviene de la devoción que sentía por el paciente cuando este trabajador de la salud aún era estudiante en la universidad y el otrora prestigiosísimo profesor Norman Vargallo Tissone le impartía clases de medicamentos y química aplicada, en la Universidad Nacional. Corrían otros tiempos para el profesor, era un afamado catedrático y Director Técnico de un importante laboratorio. Juanra, no tenía idea de cómo había acabado allí, delirante y moribundo, menesterosos de calmantes, en el pabellón clínico del neuropsiquiátrico.
El departamento de Diseño de Laboratorio nueva Estrella, trabajaba bajo absoluto secreto y misterio, nadie podía comunicar sobre qué droga se estábamos trabajando, ni sobre qué cultivo la aplicábamos, el jefe de departamento era el doctor Biffus, él mismo controlaba la evolución de cada experimentación y se responsabilizaba de todos y cada una de las acciones de sus colaboradores. Éste, junto al profesor Tissone estaban encargados de la mayor campaña de desarrollo y asistencia social del laboratorio, “el plan alimento-médico-nutricional Estrella Nueva”, desarrollado en las fabelas de Brasilia y San Pablo, barrios carenciados y desprotegidos de estas dos grandes ciudades brasileñas. El programa representaba una inversión para el laboratorio de cinco millones de euros anuales, inversión que reducía sus costes entre desgravaciones impositivas, publicidades y premios. Se instrumentaba con campañas de prevención de accidentes y contagios, asistencia médica y dental, vacunación y entrega de alimentos básicos como leche, harina y arroz, estos productos de primera necesidad estaban manipulados en laboratorio para incrementar sus valores nutricionales y proteínicos, eso, era al menos lo que nosotros creíamos, algo que desató el repudio de organizaciones ecologistas y sanitarias, nada que el laboratorio, con algunos aliados y un poco de dinero, no pudiera silenciar.
“señoras y señores –el doctor miraba a derecha primero y a izquierda luego, y levantaba casi imperceptiblemente su cabeza, como no necesitaba leer, en realidad se sabía el discurso casi de memoria, aunque no era el mismo que daba año tras año, hacía ya cinco, desde que el plan Estrella Nueva estaba en marcha- miembros de la gobernación, compañeros, colegas… tengo la obligación de volver a comparecer ante ustedes y el público todo para comunicar las intenciones conjuntas de nuestro laboratorio y el Gobierno Central del Brasil de dar por concluido el plan alimento-médico-nutricional Estrella Nueva.”
El silencio fue breve pero alcanzó para arrancar algún tibio murmullo, que Norman Tissone no dudó en apagar con gesto seco.
Las discusiones entre Tissone y Biffus eran de dominio público en el laboratorio, por su tono acalorado y potente, creo que habían estudiado juntos, juntos habían desarrollado varias investigaciones, habían compartido congresos, cátedras, cenas y hasta mujeres en más de una ocasión. Podíamos decir que a nadie llamaba la atención los gritos a los que se sometían estos dos colegas cuando disentían sobre algo. Sin embargo, hubo algún suceso que nos hizo notar que las cosas habían cambiado entre ellos, no sabíamos bien qué era, pero a la vista de los sucesos, ahora es fácil de suponer. Hace algo más de nueve meses, las discusiones empezaron oírse menos, lo hacían en voz baja y a puertas cerradas en el Office, apenas se saludaban y hacían lo posible por disculparse con tal de no coincidir en actos públicos, cenas empresariales o disertaciones.
Presumiblemente en motivo fue el descubrimiento fortuito de Tissone de una droga definitiva contra el tripanosoma Biffus, bacteria ideada, desarrollada y seguida por Hermes Biffus, que se mantenía pasiva y oculta mientras permanecía en ambientes lácteos y revivía y actuaba al entrar en contacto con otras bacterias y organismos facilitadores del sistema digestivo humano. Este tripanosoma de laboratorio estaba diseñado para alimentarse de células cancerígenas, pero una vez establecido en el cuerpo del paciente era inmortal y voraz, tras acabar con las células degenerativas que provocan, por ejemplo el cáncer de páncreas o de colon, comenzaba a alimentarse del resto de las células sanas, tornándose incontrolable e incurable, a tal punto que trascendió, que la junta directiva del laboratorio le había dado un ultimátum al equipo técnico, para que encuentre una solución a este entuerto o el programa acabaría a finales de año siguiente.
Biffus, orgulloso de su criatura, seguía manipulando genéticamente al tripanosoma con nulos resultados, mientras que Tissone, más efectivo y menos romántico, intentaba encontrar el antídoto para acabar con esta enfermedad que ya afectaba a mas de 7 mil pobres.
Al despertar, el doctor Tissone, está extremadamente relajado pero muy aturdido, los sonidos le llegan lejanos y metálicos y la claridad lo ciega por momentos, es como si le hubiera estallado un petardo al lado de la cara. Lentamente, toma noción de su cuerpo encerrado en esa cama encerrada en una habitación con barrotes en las ventanas; mueve con alguna dificultad los dedos y con mucha mas, las ideas.
El enfermero, anónimo ex-alumno, llega, en cuanto advierte que está despierto, con la comida. Come y se vuelve a dormir, cada bocado es un paso más hacia la muerte, él lo sabe o lo intuye, pero no pude hacer nada porque está famélico. Cada trago de ese insípido zumo de melocotón es un colaborador más de una eutanasia teledirigida desde el laboratorio, Tissone se resigna y ya no dice nada, ya no denuncia nada, en definitiva si no es aquí, en la cama de un hospital, sería en una prisión común donde le tocaría morir.
“La disyuntiva se planteaba de la siguiente manera, por una lado se podía seguir suministrando células cancerigenas y el tripanosoma entre la población de prueba, está era mi iniciativa, y cuando los segundos acabasen con los primeros, empezar el tratamiento con el Vitrosan para erradicar el tripanosoma del cuerpo. Claro, que esto sería arriesgado a su modo, ya que el Vitrosan nunca se había probado en humanos y no se habían calculado sus efectos colaterales.
Por otro lado, estaba la opción que proponía Tissone, ésta se trataba de dejar de suministrar el cáncer y su presunta cura y realizar una campaña nutricional con el Vitrosan oculto en cualquier otro alimento, de más está decir que opción no me seducía en lo más mínimo, ya que ponía en peligro la continuidad de una investigación de años, por la que había recibido muchas distinciones, y que sobre todo podía salvar muchas vidas en el futuro. Además, está posibilidad a priori más sensata, tampoco contemplaba los daños secundarios de esta nueva droga en humanos.”
El plan de saneamiento del personal que el laboratorio inicio a principios de este año, unos tres meses antes del discurso de Tissone en Brasil, era revolucionario y acojonante, estuvo a cargo de un médico alemán que nadie conocía, Harold Aichmenn, que la junta se había encargado de presentar formalmente a través de un comunicado de prensa en que nos exponía sus credenciales y los alcances de sus labores: todos los gastos referidos al personal pasarían por sus manos, retiros, indemnizaciones, contrataciones, bajas, viáticos, y hasta sueldos, vacaciones y el comedor diario contarían con su fiscalización. Era un estratega y no tuvo piedad con ninguno de nosotros. Dividió el área de personal en dos, el sector “legales”, el tradicional, de siempre; y otro que él denominó “asuntos privados del área” y que nosotros con el tiempo le llamamos, sencillamente, “el matadero”, para lo que contrató a 3 científicos alemanes que nadie conocía y que trabajaban en absoluto secreto.
“El tripanosoma iba oculto en la lactoflavina, mientras las células cancerígenas se maquillaban entre el Bifidus mucho he trabajado para ocultar con esmero estas creaciones en un pequeño tetrabrik de leche, como para que un descubrimiento casual, producto de la envidia, lo echara todo a perder. No entendí a Tissone y ese afán por mejorar la formula de golpe y con apuros, cuando se podría haber hecho con tiempo y paciencia. Ya teníamos comprado el silencio de los medios de comunicación y de la oposición política, porque teníamos que inventarnos escollos internos.
En definitiva, acortar un par de años la esperanza de vida de un individuo en nombre de la ciencia y para salvar vidas futuras, no es nada nuevo en la medicina y hasta se podría inscribir como un orgullo para el convaleciente. Pero allí apareció Norman, el justiciero, para estropearlo todo, para hacer un postulado de la ética profesional y amenazar con denuncias en las próximas conferencias de prensa si no se les escuchaba; para llevar cientos de informes a la junta del laboratorio mostrando sus avances en la neutralización del tripanosoma, en detrimento de mis fuerzas por modificarlo. Envidioso resultó a la larga, el jodido Vargallo Tissone.

Tissone estuvo un mes sin moverse del laboratorio, era tal el revuelo que había causado con los resultados de sus investigaciones que tenía a media química alterada, obviamente la junta directiva no escapaba a ese estado de alteración, mezcla de incertidumbre y miedo. Debían tomar una decisión y está debía ser tomada urgentemente. El plan Estrella Nueva sería trasladado, eso se comentaba entre pasillos, del enorme Brasil al pequeño Lesotho al sur de África, el jefe del proyecto sería Biffus, mientras que Tissone estaría relegado al laboratorio, en calidad de asistente técnico, mientras que la empresa aduciría unos llamativo síntomas de estrés para ir lentamente desplazándolo del nuevo proyecto. Para no despertar sospechas e influir negativamente en el alterado estado del profesor Tissone,el departamento de personal le asignó la conferencia de prensa en el Brasil que anunciaba el retiro del plan de esas tierras. Yo fui el encomendado, por parte de Aichmenn, para acompañarlo y reportarle al laboratorio su accionar paso a paso. Tissone necesitaba comentar con alguien sus pesares, se sentía víctima de sus decisiones pero sobretodo de la política malintencionada e inmoral del laboratorio. Aichmenn lo sabía y calculaba que poniéndole a alguien imparcial al lado se abriría al diálogo y confesaría lo que tramaba. Pero Tissone, también se consideraba traicionado y ya no confiaba ni en su propia sombra. Las especulaciones de Aichmenn fallaron por completo, el profesor no soltó prenda, y lo que sé es lo que él me comentó durante nuestro viaje de vuelta a España, entre el revuelo causado por su discurso. Esperaban, me dijo, que entre la presión de los medios de prensa y los intermediarios económicos él perdiera el control, sabía que no lo caracterizaba la paciencia ni el “don de gentes” todo era cuestión de tiempo, aceptó Norman Vargallo Tissone, italiano por nacimiento, judío por tradición familiar, acabaría desorbitado y hablando de más. Luego no soportaría la tensión, lo que no se imaginaban, señaló es que los arrastraría conmigo. No tenía ni idea lo lejos que estaba de la realidad.
Repitió hasta el cansancio el discurso, una y otra vez, con naturalidad, hasta el hartazgo, desde el señoras y señores, mirando primero a la derecha y luego a la izquierda, mostrando ligeramente las palmas de las manos y alzando el mentón, demostrando que no oculto nada. Lo repito de memoria hasta ese momento cruel en que me quedo en blanco, después de enunciar a cuatro vientos o cuatro paredes el siniestro plan del laboratorio, o sea, mi plan… otra vez me llegan las convulsiones, no las puedo detener, cada vez que llego a este punto del discurso se me entrecorta la respiración y empiezan los temblores, y no los puedo controlar y me ahogo y hago un intento por calmarme y me pongo pero, y se me nubla la vista y se entuban los oídos y en ese mareo asfixiante intuyo al enfermero, a ese joven picado de viruela, servidor de mis carceleros, que me droga y me calma con palabras que no oigo.
Más tarde, no sé cuánto, me despertaré y complaciendo las intenciones de Aichmenn y la junta, cenaré la comida que me envían y me aproximaré un poco más a la muerte merecida, en silencio y sin perdones.
Era su primer día en el paro. Se sentía extraño. Después de muchos años de trabajar, su única tarea era pasar por la oficina del INEM. Mientras se dirigía a sellar el papel que inauguraba su nueva condición de parado empezó a recordar su llegada a Barcelona.
Su familia no había visto futuro en el pequeño pueblo de la provincia de Almería donde habían vivido siempre. El campo ya no daba para tanto y ya se sabe, sin trabajo no hay comida y cuatro hijos son muchas bocas para alimentar. Fue así como su padre decidió guardar todas sus posesiones en dos maletas y subir al tren que los llevaba a Barcelona.
En la ciudad empezaba una nueva vida para ellos, todo era grande, todo era diferente. Con catorce años él era el mayor de los cuatro hermanos y sólo llegar tuvo que ponerse a trabajar con su padre. La fábrica era dura, el campo también lo había sido; pero en la fábrica lo tenían encerrado entre cuatro paredes.
Recordaba sus primeros días en la fábrica y le vino a la memoria aquella sentencia que había oído alguna vez: ” Aquesta gent només ve a treure’ns la feina”, cuando para él el catalán era todavía algo extraño.
Después de ese trabajo vinieron otros: camarero, peón de la construcción, el puerto, más fábricas; todos ellos trabajos duros.
Al final un primo que había llegado a la ciudad antes que él le comentó que fuera a preguntar a la empresa donde él trabajaba. Necesitaban a gente para trabajar en el almacén. Fue a hablar con el encargado y así fue como empezó a trabajar en la empresa que, según la carta que había recibido “había decidido prescindir de sus servicios”, a pesar de que “agradecían los servicios prestados a lo largo de todos estos años”.
Con el tiempo se había ganado la confianza de los dueños y le habían asignado el puesto de encargado de almacén. El almacén se había convertido en su territorio, todo estaba como él disponía, todo el mundo le obedecía y todo funcionaba bien; era su pequeño reino.
Sabía que los dueños confiaban en él, al fin y al cabo había dejado muchas horas de su vida dentro de ese almacén, muchas jornadas de catorce horas y muchos fines de semanas poniendo todo a punto. Él sabía que valoraban su trabajo. Una vez le invitaron a una cena con todos los altos directivos y propietarios. ¿Cómo le iban a invitar si no confiaban en él?
Pero últimamente una amenaza había sobrevolado la empresa. Reestructuración era el comentario que más habían repetido los trabajadores, seguido de reducción de costes. Se comentaba que la empresa quería reducir su estructura, que algunos trabajadores antiguos cobraban sueldos muy altos, muy por encima de los sueldos del mercado. Nunca quiso creer el rumor, estaba convencido de que los dueños confiaban en él.
Entonces llegó el día fatídico. Las cartas de despido, los cheques, las cajas de cartón con objetos, las taquillas vacías. Demasiado joven para la jubilación y demasiado mayor para encontrar otro trabajo fácilmente. Ya no podía seguir lamentándose, él no podía hacer nada, otros trabajadores ocuparían su lugar cobrando menos de la mitad de lo que cobraba él. Tenía que adecuarse a su nueva realidad y salir adelante.
Después de caminar un rato llegó a la oficina del INEM. Entró y al levantar la cabeza se vio rodeado de gente extraña. Fue entonces cuando pensó: ” Moros, sudacas, chinos, rumanos… Esta gente es la que nos roba el trabajo”. Tenía claro quién era el culpable de su situación, quién aceptaba trabajar por sueldos ridículos.
Ya tenía alguien más débil a quien responsabilizar de sus desgracias, alguien extraño, que venía de fuera. Por primera vez se sentía totalmente integrado.
Me acuerdo cuando era niño que la noche de reyes era la más esperada del año..
te ibas a dormir pronto y nervioso después de haber dejado perfectamente preparado
el avituallamiento para los reyes y sus camellos : agua , cava , turrón , fruta, etc..
Y por supuesto habiendo dejado una de tus zapatillas delante de la ventana para que
sus mágicas majestades depositaran en ella todo tipo de golosinas.. amén de que dejaran un poco de carbón que aunque no se deseaba… la verdad es que a todos nos gustaba..
La noche se hacía eterna sin poder dormir , y a la mañana siguiente justo abrir los ojos
ya te levantabas corriendo para despertar a la familia.. vamos! vamos! que han venido los reyes
A partir de ese momento todo eran gritos de alegría y de sorpresa.. el ruido de desenvolver los paquetes y empezar a abrir las cajas… el empezar a montar los juguetes , a jugar con ellos , y sobretodo repasar todo lo que te habían traído los reyes.. y los que faltaban? dónde estaban los que faltaban? .. ah claro! seguro que lo habían dejado en casa de algún tío , tía , sobrino, abuelo.. allí estarían!!
Con el tiempo creces y los gritos desaparecen y ya no hay nervios para esperar los regalos.. todo cambia.
A partir de cierta edad prefieres ver la cara que pone esa persona al ver su regalo , ese
que costó encontrar y sobretodo pensar; la ilusión que pueda hacerle dicho regalo es lo que te hace sentirte bien y contento..
El tiempo pasa y nos hacemos mayores , y nuestra percepción de las cosas cambia pero las sensaciones y los sentimientos en estas fechas y momentos no cambian.. en el fondo nos gusta sentirnos por unos momentos como niños
Que paséis una buena noche de reyes niños pusilánimes…
Después de los gritos llegó el silencio. Todavía mantenía el cuchillo ensangrentado en su mano. No sabía cuánto tiempo había permanecido en este estado de shock, lo único que recordaba era un aplastante silencio. El líquido todavía caliente que había resbalado por el metal hasta llegar a su mano era lo que la había hecho reaccionar y encontrase de pie frente al cadáver.
Tras unos segundos de incertidumbre se dirigió hacia la cocina. Dejó el cuchillo en el mármol y se lavó las manos. Después de secárselas cogió el inalámbrico y marcó el teléfono de la policía.
Cerró los ojos del muerto, le daba miedo sentirse observada por él. Se sirvió una copa de whiskey con hielo y se sentó en el sofá a contemplar el cuerpo inerte. Puso en marcha el reproductor de cd’s, mientras había estado haciendo otras cosas había olvidado la dureza del silencio y ahora que se sentaba notaba como la volvía a atrapar.
Ya más tranquila empezó a recapacitar sobre lo que había pasado. Lo había hecho al fin. Había sido una discusión y ella se había defendido. Había perdido la cuenta de las veces que se había prometido que ese cerdo no le iba a volver a poner la mano encima. Habían sido tantos años de golpes, humillaciones, de tener que esconder sus propios morados ante la mirada de conocidos, que había olvidado en qué momento el hombre al que amaba se había convertido en el salvaje que acababa de matar. Era él o yo, repetía insistentemente para si misma.
Las sirenas empezaron a sonar cada vez más cerca. La policía llamó al interfono y entonces se dio cuenta que tras el juicio seguramente tendría que ir a la cárcel. Entonces pensó que no podía haber peor cárcel que la que ella había estado viviendo todos estos años junto a él, y a pesar de todo, se sintió libre.
Se levantó tarde, había dormido mal pensando en la reunión que tenía ese mismo día.
Mientras se preparaba un café para despejar su mente, iba repasando toda la información que había estado recopilando. Su trabajo requería tener una buena memoria y él la tenía, pero el stress laboral al que estaba sometido a veces le jugaba malas pasadas. Era esa la causa que le había llevado a anotar en una libreta que siempre llevaba en el bolsillo algunas palabras clave que le permitían acordarse de todos los detalles.
Nunca había querido apuntar sus cosas en un ordenador y a pesar de que últimamente había estado tentado de comprar una palm, la desconfianza que le generaban estos instrumentos superaba a sus ansías consumistas.
Él sabía que hoy en día es muy fácil que la gente obtenga la información de los ordenadores de otras personas, o de sus agendas, incluso de los móviles, según le había explicado un amigo hacía poco tiempo. Las palabras de la libreta, sin embargo, sólo tenían sentido para él, eran sólo un recordatorio indescifrable para cualquier extraño, todo lo demás estaba en su cabeza.
Cuando acabó su taza de café se dio cuenta de que no sabía exactamente cuál era el restaurante dónde tenía la reunión. Le sonaban tanto el nombre como la calle, estaba convencido que había pasado por delante cientos de veces, pero necesitó mirar en el callejero.
Salió de casa en dirección a la estación de metro más cercana. Su idea inicial era pedir un taxi, pero no aguantaba más tiempo encerrado en casa y decidió hacer un poco de tiempo viajando en metro.
Bajó del metro después de ocho estaciones y un transbordo y salió a la calle. El restaurante estaba a cinco minutos de la estación y cuando vio la entrada recordó que hacía un par de años había estado cenando allí.
Entró y rápidamente encontró a la otra persona sentada en una mesa al fondo del restaurante junto a un cuadro de color rojo, tal como habían quedado. Miraron la carta y después de decidir que compartirían los platos empezó la conversación.
Iba digiriendo a la vez los alimentos y las revelaciones que su acompañante le estaba confesando. Fue con la quinta pieza de sushi con la que se empezó a encontrar mal. En ese momento se dio cuenta de que había cometido un fallo, un espía no debe fiarse de la comida que le prepare un desconocido. No sabía en que momento había sido, quizá mezclado con el wasabi o con la salsa de soja, lo único certero en su mente era la sensación de que había sido envenenado.
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